Para Raúl
Sus locuras de niño travieso y desparpajado no tenían fin, y en muchas ocasiones vecinos, familiares y hasta totales desconocidos pensaron llamar alguna patrulla para darle un escarmiento que le durara al menos hasta el fin de semana siguiente. No era extraño verlo organizar al montón de escuincles de la zona para atravesar en fila india y a gatas las calles de la colonia. Mientras conductores molestos hacían sonar sus bocinas y les gritaban toda clase de linduras, él y sus diez o 15 amigos simulaban ser una jauría de gatos sordos y en ocasiones hasta cojos. Comenzaba él a gatas en una esquina, lentamente, mientras veía acercarse los coches que eran obligados a frenar mientras los chicos, uno a uno y con toda calma, gateaban hacia la otra acera. Tal vez hubiera algún conductor que se riera cuando veía a esa pandilla en sus andanzas, pero la sonrisa se congelaba cuando veían llegar al primero a la esquina y regresar por el mismo camino cuando el último de la banda apenas comenzaba el recorrido. En más de unaocasión, los desesperados automovilistas les echaban el vehículo encima pero ellos, como buenos gatos que simulaban ser, no hacían caso más que de su propia voluntad. El dueño del cine de la colonia también les tenía fobia, sobre todo desde que un día los atrapó en una de sus tantas travesuras. Nuestro chico, como líder inquieto en busca de experiencias y diversión, se organizó con sus seguidores, compraron carne molida y se metieron al cine, a las butacas más cercanas al cuarto de proyección. Cuando la película estaba en su clímax, un fuerte estornudo sacudió al auditorio, que se extrañó al oír una joven voz exclamar "¡ay,esta lepra que no me deja en paz!" La mayoría siguió viendo el filme, mientras se escuchaban más estornudos, pero en un sector de la sala la gente comenzó a agitarse y un grito femenino cimbró a la gente. Las entrañas de alguien quedaron derramadas en el suelo y la gente comenzó a exigir que se encendieran las luces. Mientras el encargado de la sala averiguaba lo que ocurría, los afectados comenzaron a asegurar que algo maloliente les caía cada vez que el supuesto griposo estornudaba. Los chiquillos reían y pretendieron salir corriendo, pero los encargados de la seguridad fueron más rápidos para detenerlos y averiguar qué causaba tal conmoción. Se prendieron las luces y la verdad brotó junto a la luz. Los encargados hallaron pedazos de carne molida lanzada desde atrás por los causantes de ese caos quienes, con el paquete del alimento abierto y medio usado, no podían parar de reír . Mientras, sus víctimas describían el asco provocado por las municiones aguadas, rojas y malolientes lanzadas contra ellas.
Una vez más, los padres fueron obligados a dar la cara por la caterva de malhechores en potencia. Y para variar, el nombre más repetido era el de Raúl, quien con sonrisa franca y desparpajo absoluto admitía todo sin chistar, con la mente más en la próxima aventura que en el temporal castigo que se le venía.
- Mira esa güerita, seguro que no es mexicana –señaló disimuladamente un chico recién salido de la adolescencia a su compañero de asiento.
- Claro que no es mexicana, nada más mírala. Además, ninguna mujer como ella se atrevería a recorrer la ciudad en un microbús a las 12 de la noche. Seguro que ni sabe a lo que se expone –respondió su amigo mientras no dejaba de ver a aquella chica.
- Sí, segurito que ni hablar español sabe. Así no se enterará si le digo que está rechula, la condenada.
- ¡Ajá!, ¿y qué le dirías? Seguro que no te atreves a decirle nada –le respondió su amigo.
Ambos hablaban descaradamente, sabedores que ella no entendía absolutamente nada de su diálogo. Los dos lanzaban miraditas de vez en cuando, para disimular un poco, pero sus voces jamás bajaron a cuchicheo como se suele hacer.
- ¡Claro que le hablaría! Y en su idioma. Le diría “seño, ai lov llu” –respondió pronto el interfecto provocando las carcajadas de su amigo.
- ¡No te atreves! ¿Y qué tal si ella es franchute o de esas del norte de Euruapan? –respondió pronto el otro, entre risas.
- Ella no es de esas, mírala. Aquellas son güerotas y grandotas y está es bastante flaca y chaparrita. No, ha de ser de los “yunaites”. Mírala, si tiene los ojos claros y está más blanca que mi papá cuando le dije que iba a dejar la escuela.
La plática siguió igual largo rato hasta que ella cerró el libro y pidió al chofer que parara en la esquina. Bajó presta y en cuanto vio arrancar el microbús, se echó a reír. Llegó a su casa llorando de risa, dispuesta a contar que habían vuelto a confundirla con gringa.
Ella creía haber oído los más dulces piropos y las guarradas más grandes a su paso por las calles de México. Alguna vez que se reunieron las amigas, comentaban lo más bonito y lo más odioso que les habían gritado.
La recurrente “mamacita” era catalogada como de las palabras más vulgares y molestas, pero finalmente inofensiva. Alguna contaba que un día, subiendo las escaleras para entrar a una estación del Metro, un chico que descendía se le puso enfrente, impidiéndole el paso, y casi le grito “nunca había visto una mujer más hermosa en el mundo”.
Aquella odiaba a su hermana cuando relataba que un día, mientras caminaba por la Zona Rosa, un gringo negro, gordo, inmenso, le gritó en inglés que quería llevarla a la cama en ese momento.
Desde luego ella se puso roja, pero a la que enseguida quiso asesinar fue a su hermana, que al oír semejante comentario se paralizó, miró al extranjero y soltó la risa. Mientras una se moría de vergüenza e intentaba salir corriendo, la otra daba tales carcajadas que le impedían dar un paso.
Ella tuvo que llevarse casi a rastras a su hermana, mientras la otra sólo exclamaba: “Caray, a mí nunca me han propuesto eso”.
El colmo fue cuando otra de las jóvenes llegó furiosa a su casa y comentó que un taxista le había gritado “Sabrosura, quién fuera aguacate para embarrarse en tus tortitas”, a lo que otra chica respondió con un suspiro, mientras susurraba “Como a ti no te han gritado ¡inteensaaaaa!”
El remate, sin embargo, lo dio una chica que con toda franqueza reveló: “Cuando me siento deprimida, el mejor remedio que he encontrado para ver la vida de otro color es caminar frente a una construcción. No saben cuánto me levantan los chiflidos y las guarradas de los albañiles. Nada como un recordatorio de que soy mujer para sentirme guapa, sexy y arrebatadora”.
Para Lulú
Ella conducía su automóvil por el Periférico mientras pensaba en todos los problemas que tenía que enfrentar y a los que no hallaba solución. Eso le molestaba.
De repente, otro coche le se metió forzadamente en su carril, obligándole a frenar para no chocar. Ella maldijo en voz baja y siguió su camino, pero aquel conductor parecía empeñarse en avanzar a fuerza de “cerrones” y bocinazos.
Ella no estaba para aguantar las necedades de nadie. Después de sufrir otra embestida, la chica dejó escuchar la bocina y emitió un amplió repertorio de ofensas en el más bajo y socorrido de los vocabularios.
La andanada de adjetivos descalificativos provocó la molestia del imprudente conductor, que respondió con un lenguaje similar mientras volvía a acercar peligrosamente su carro al de la joven. Eso la enfureció y la hizo reaccionar.
Se le adelantó, se metió a la fuerza frente al carro de aquel abusivo y frenó en seco. Bajó de su auto, cerró la puerta con fuerza y caminó hacia él.
El joven se sorprendió de la actitud de aquella chica de cabello muy corto y fuego en la mirada. Pero más se sobresaltó cuando, en un arranque de furia, la joven estrelló su puño en la ventana delantera del carro de su contrincante, haciéndolo astillas.
El osado conductor perdió toda su valentía mientras ella le exigía a gritos que dejara de comportarse como animal, que dejara de abusar de las mujeres y que tuviera más cuidado porque era capaz de sacar una pistola.
Ella regresó a su auto y lo condujo hasta su casa, donde bajó toda temblorosa y soltó el llanto cuando vio a su novio que la esperaba. La furia cedió a la razón.