mayo 22, 2008

Caminando

Hoy sólo tengo ganas de escribir. De llenarme el alma con recuerdosde risas y canciones. De caminar bajo la lluvia y pensar.
Meditar en lo que sé y en todo lo que me hace falta.Y en el camino encontrar una mano delgada, fuerte, de largos dedosy más largas ganas. De sentir el abrazo desinhibido y fiel de alguien que no espera nada, que quiere darlo todo. De soñar que algún día despertaré para ver que mi realidad es bella y que no necesito dormir para vivir.
Alguna vez alguien que no considero sabio, ni siquiera atinado, dijo que la vida es un intercambio de valor por valor, tú me das y yo te doy. Mi espíritu se niega a creer esa visión, pero aún si fuese verdad, sería fácil hallarle coherencia.
Porque en mi vida está el dar y como vuelto desea… sólo te desea a ti.
Un fuerte vendaval que azote el rostro expectante y la sonrisa enciernes. Una tormenta de luz y sonido que me haga vibrar con cada nube que suspira y que deja ver su pasión en diáfanos y esplendorosos destellos.
Un acogedor abrazo del Sol, que no quema, sólo acaricia y te hace sentir todo su poder en un cálido y eludible rayo.
Es ahí donde está la paz, donde aguarda expectante la ansiada tranquilidad de saber que estás bien, que vives y que un día, sin ningún aviso, lograrás deshacerte de esa pesada capa que durante una eternidad te ha protegido sólo para revelarte ante él.
Sólo ante él.

mayo 19, 2008

El oso

A los ciberamigos
Esta era una vez que un oso grandote y comelón se fue a buscar comida. No se decidía entre pescar o asaltar el panal detrás de la roca grande.
Muy ufano se fue al río, allá donde le parecía que los salmones saltaban más. Pasó junto a un sapo guapo, creyó que un ente de aspecto picudo era temible y peligroso cuando en realidad sólo era una varilla vistosa con ínfulas de emperador de charca.
También escuchó a un pobre guajolote gruñir, simulando ser conquistador pero no pasando de puerta desvencijada; unas cacatúas a lo lejos no paraban de cacarear infinidad de babosadas que acabaron por fastidiar al resto de los habitantes del lugar.
En fin... el oso veía a todos de lejos y pasaba sin mezclarse. Sólo tenía una cosa en mente: un delicioso salmón: desafortunadamente aquel sitio era demasiado ruidoso, la marea arrojaba algunas cosas y salpicaba otras, pero nada comestible ni digerible.
La luna salía ya, y por más que buscaba, en la orilla del río sólo había cosas extrañas y de dudosa procedencia: Cyberwmx'es, gualusadas, guiz-mos, atopes... nada identificable en el universo conocido.
El pobre osezno ya desfallecía hasta que allá, arrastrada por el agua, una pequeña hebrita flotaba, arrastrada y mareada con tanto rápido.
El Oso la miraba extrañado, algo raro parecía arrastrarla contracorriente; ya iba a caminar hacia otro lado cuando de repente, como en un campo Mina-do, un sabroso salmón saltó y arrastró tras él a esa pobre hebra, que acabó golpeando en la cabeza al oso.
Medio atarantado, el animal gruñó. Hartó de esperar, se metió al agua, chapoteó como pudo persiguiendo al escuálido pez que luchaba por nadar más rápido sin conseguirlo... atorado por esa hebra que jalaba sin control.
De repente... ¡splash! La manaza cayó rauda sobre el salmón, los dientes atacaron pronto y el pez quedó entre sus fauces. Muy ufano, el oso comenzó a caminar hacia la orilla
saboreando su festín.
¡Chomp! chomp! chomp!... pedazos de pez caían hacia la barriga mientras la hebra se atoraba entre los dientes del oso. El pobre animalón luchaba entre tragar su alimento y sacarse la hebra.
Y ese fue el fin de un pobre pedazo de cordel de pescador, que atrapó a un pez, fue jaloneado hasta ser separado de la caña y fue arrastrado miles de kilómetros hasta quedar entre las fauces de aquel grandulón que, sin saber ni qué hacía, terminó usándolo como hilo dental.

mayo 17, 2008

Rodolfina

Más de 20 años dio servicio y mucha lata la sufrida Rodolfina, que se vio obligada a enfrentar los embates de una tribu alocada y bullanguera que la quería como si fuera de la familia, aunque al final realmente diera lástima.
Su llegada fue gloriosa, pues sus entonces seis usuarios la vieron como una bendición, sentimiento que con los años fue creciendo de manera directamente proporcional al aumento de la cifra y el peso de sus ocupantes.
En 1975 era azul, reluciente, de manejo fácil, amplia y realmente cómoda para todos, pero al paso de los años cambiaron su color a rojo y su armónico andar en una caja de sonidos.
Con la bocina afónica, la suspensión rechinante, el arranque lento y caprichoso, las puertas vencidas y los resortes cansados, Rodolfina anunciaba sonoramente su llegada a dueños y vecinos desde dos cuadras antes.
A pesar de haber pasado de moda, de que el Sol transformara su rojo intenso en un deslavado y extraño rosa, de que el medallón trasero hubiera sido levantado infinidad de veces del suelo, de que el mofle permaneciera literalmente encadenado en su lugar y de que la cajuela hubiera sido amarrada con vil mecate para evitar su abrupta apertura, sus dueños la amaban.
¡Y cómo no! Si los había visto convertirse en una feliz familia de nueve integrantes; los había paseado por medio país; les había servido de techo, cama, comedor, calentador, confesionario, tendedero, escuela, sala de conciertos, tribunal, prisión, escenario teatral, microbús, modelo y meta. En realidad era la ventana al mundo.
Aún se ignora cómo logró soportar aquella caída en una zanja cercano al lugar “donde los hombres se convierten en dioses” y de la que sólo pudieron rescatarla ocho adultos esforzados.

Tampoco se sabe cómo no desapareció en aquella colonia en la que estuvo abandonada por meses luego de un accidente en el Periférico y en donde fue usada como refugio de maleantes y proveedora de refacciones.
Más asombroso es que aquella pequeña de tres años que la había “conducido” a través del jardín hasta la reja de enfrente, 18 años después la hubiera subido a una glorieta y la estrellara contra un árbol cuando confundió el freno con el acelerador.

Su andar se volvió lento e inseguro, su comodidad dio paso a muchas molestias y finalmente hubo de ser rematada al mejor postor, un policía al que no le importó que estuviera desvielada.
Pese a todas esas desventuras, Rodolfina se ganó el amor de todos y un lugar distinguido en el anecdotario familiar.

mayo 05, 2008

A un lustro

No sé qué es lo que más extraño de él. No sé si es su risa que iluminaba mi existencia, sus cantos de ópera desafinados y a gritos a las siete de la mañana, sus travesuras de niño eterno que me invitaban a disfrutar cada momento o sus manazas que igual abrazaban, hacían “bicicletas” o corregían.
El me enseñó a disfrutar la guitarra de Joaquín Rodrigo; a ver la Navidad como el acontecimiento más importante del año; a saber que la familia lo es todo si permanece unida, fuerte, armónica.
Me demostró que no importan las limitaciones físicas, todo se puede conseguir con constancia y empeño: que la timidez sólo quita oportunidades de vivir a plenitud; que mi mamá es la bendición más grande que se me ha dado.
Me hizo ver que un bastón no es una limitante, sino un brazo para llegar más lejos; que la mesa es el sitio de reunión por excelencia; que las amistades no son para evitar la soledad, sino para crecer; que la Iglesia es mi madre y que Dios está al alcance de mis labios, de mis oídos, de mi pensamiento.
Hace cinco años se fue a ese lugar al que siempre anheló llegar para jugar con el pequeño Niño y arrullarlo como hizo con cada uno de sus siete hijos, para decirle piropos a la Virgen en los cinco idiomas en los que aprendió a rezarle “para que no se aburriera” y para contemplar a El Padre como lo que es: Su Padre.
Hoy brindo por él. Le ofrezco una “exquisita paleta de piñón de Manhatan”, un vaso de agua helada con muchos hielos, un “minúsculo pedacito de carne que ni para tapar una muela alcanza”, un LP con música de Beethoven en la sala y un buen libro en las manos, una ingeniosa historia familiar escrita en latín, un paseo en bicicleta y una mecida en la hamaca, cuando aún cabíamos todos en ella.
Hace un lustro no tuve la oportunidad de decirle al oído “lo eres todo para mí, gracias. Te amo”. Llegué tarde… y no lloré. Primero no tuve tiempo, luego no quise flaquear, después me negué… Seis meses después mojé la cama cada noche con mis lágrimas. Así pasó mucho tiempo. Pero tener la completa certeza de que estás en la casa del Señor me reanima y me fortalece.
Hoy lo hago. Desde el fondo de mi corazón he hecho un pacto con él: un día estaré a tu lado, no importa que para ello tenga que remar contra corriente, enfrentarme al mundo, superar cada flaqueza y seguir ese difícil camino. Yo ahí estaré y te llevaré a un invitado. Tú sabes quién es, lo conoces desde las alturas. Ayúdame a presentártelo, yo sé que te caerá bien.
Hace cinco años ni tiempo tuve de decirle cuánto lo amo, cuánto ha marcado mi vida, cuánto le agradezco. Hoy lo hago aquí: te quiero mucho, papá.

mayo 01, 2008

Naco con acento peruano

Él no paraba de hablar, asombrado ante lo novedoso y extraño.
-Me pintaré las puntas del cabello de ese tono amarillo que veo está tan de moda entre los chicos de aquí, a ver si así paso inadvertido, exclamaba, para horror de su compañera.
-Huele a grasa, ha de ser porque en cada esquina tienen un puesto de comida, señaló él mientras se dejaba llevar por su improvisada guía.

A la izquierda, el gran edificio blanco, hundido. Más al fondo, aquel palacio azul semejante a las construcciones de alrededor, pero del todo diferente. Elegantes esquinas, ventanas sugerentes, enormes puertas que ocultan patios y escaleras insinuantes. Todo se parecía a su terruño, pero el tamaño lo hacía distinto.

-Lo que verás enseguida es impresionante. Sólo hay una plaza más grande, en Moscú. Prepárate, le fue advertido.

Él miraba al fondo y sólo veía un muro con pinta de cárcel.
Fue hasta que llegaron a la esquina cuando su mente se abrió a la par que su panorámica. La explanada inmensa cercada por sobrios edificios; campanas al vuelo y el cantar de chirimías y teponaztles acompañaba el murmullo de la muchedumbre.

Un golpe y un grito distrajeron su mirada. Un furioso joven en bicitaxi a gritos reclamaba a un anciano de andar cansado y mirada perdida, que aguantó sin replicar la andanada de recriminaciones que el improvisado taxista lanzó.

Y entonces surgió de la nada una retahíla de exclamaciones igualmente ofensivas, pero del todo risibles.
El extranjero repitió palabra por palabra todos los “chidos”, “chales”, groserías y demás vocabulario local que aquel bravucón soltó, pero con un acento peruano imitando el sonsonete naco que enseguida generó la carcajada de los presentes.
El anciano se fue riendo, el joven malencarado soltó dos improperios y se marchó, mientras los paseantes continuaron su tour.

abril 26, 2008

Sacudidas mortales

Érase una vez que cierta chica que deseaba que la tierra se agitara para burlarse de sus vecinos que, cual manada de elefantes en tierras de ratones, huían despavoridos al menor agitamiento.
Pues hete ahí que un martes cualquiera su mente se agitó. Comenzó con un ligero mareo y la recriminación por no comer cuando debía, hasta que oyó un canto de ángeles del más acá: Está temblando, no se asusten.
La sonrisa podría haber confundido a seres más mortales cuando ella, como la heroína que decía ser, buscó a sus vecinos. Su vanidad aumentó a niveles insospechados cuando recordó a cierta jefa que moría un poco en cada sismo.
La luz huyó, un grito reprimido surgió y la ansiedad cruzó el ambiente. Nuestra súperchica acudió pronta junto a la dama en peligro y la abrazó. En el camino, una niña de mirada temerosa y susurrante voz también la abordó. ¡Seguro tenía sensores para identificar superhéroes clandestinos!
Pero en forma proporcional al movimiento del suelo y los gritos, el miedo comenzó a corroerla. Al momento en que la tierra cesó de bailar, ella rogaba por vivir un día más.
Al regresar la electricidad se vieron pálidos rostros y los daños morales que un personaje jamás invitado provocó. Todos intentaban tranquilizarse, por lo cual nadie notó la vanidad destrozada y la humillación regada por doquier de quien en ese momento se conoció mortal.
Sólo ella supo lo que un temblor de 7.6 grados siempre ha sabido, que su aparición causa el deceso de los superhéroes y, más grave aún, que les da la peor de las muertes: la comprensión de su vulnerabilidad.
Desde entonces, la chica intenta pasar inadvertida para quienes tienen sensores de reconocimiento de heroicidad, para no tener que explicar que la tierra mató su fuerza.

abril 23, 2008

Las Naciones Unidas

Mi mamá la llamaba las Naciones Unidas, para nosotros era simplemente la cuadra. Eran 30 números pero había al menos 55 casas o departamentos, casi siempre todas ocupadas por personas de lo más disímbolas.
Estaba el reconocido compositor que muchos admiraban pero poco veíamos, con su gran San Bernardo, dos nietos locos y latosos que vivían solitarios entre cientos de relojes que volvían loco a cualquiera nada más entrar a la casa.
Su hija también parecía cometa y la única que siempre estaba era la muchacha del servicio, uniformada y jamás quieta. Ella fue la ganona cuando todos se fueron de ahí.
También contábamos entre los especímenes más vistos con la famosa señora Valderrama, cuyo nombre era otro pero que se ganó el apodo al caminar frente a la ventana de nuestro comedor: sólo se veía su pelambrera al estilo de aquel futbolista colombiano Carlos Valderrama.
En la esquina vivía una familia de judíos polacos. La abuela, que vivió el terror del gueto y los campos de concentración, era una anciana flaca, flaca y chiquita que ocultaba su número con mangas largas, pero cuya mirada dejaba al descubierto los dolores de una vida sufrida. La hija era seca, dura, criticona, nunca conforme, la rabia y el dolor la hacían parecer marchita. Del nieto se conocía su nombre y el rastro de la cola de cometa que dejaba cuando aparecía por el lugar.
En una de las casas de atrás vivía la bruja del 12-A, que a pesar de su pacto estilo Dorian Grey y su abundante y jamás controlada cabellera negra, en realidad era una señora dulce y cariñosa que a base de bondades logró despojarse del sobrenombre; a su lado siempre hubo inquilinos de lo más variado.
Lo mismo estuvo la familia de la hija de una española que se convirtió en la hermana de mi mamá, con sus dos hermosos niños y una abuela maravillosa, que un trío de narcos colombianos del que el vecindario se enteró cuando llegaron montones de patrullas a detenerlos, si suerte, pues ellos ya habían volado.
También contamos con el extraño Jo-jo Clós, que vivía en la última casa con una madre enferma y que a los niños nos atemorizaba porque siempre hablaba solo, barría su banqueta y media calle más a las cuatro de la mañana y vivía enfundado en su pijama.
Otro que al principio daba miedo era el Químico, hombre trabajador, respetuoso y educado que tuvo la mala fortuna de resultar quemado en el rostro. Igual de caballero era el Emiliano Zapata, que supongo que si se quitara el bigote no lo reconocería.
Los que no eran absolutamente nada educados eran los llamados Satanases, escuincles presumidos y malcriados que manejaban con el demonio dentro (de ahí el apodo), o los cara de chango que siempre nos hacían reír.
El locutor, con su perro que se volvió loco por el encierro y hubo que sacrificarlo, dejó paso a una menuda mujer, activista, metida en grillas y que escaló algunos puestos en la política de los años 80. Demasiado “política” para nuestros gustos.
La lista aún es larga, como el número de casas y habitantes, pero esa calle pequeña, cerrada, oculta tras un monstruo rosa era nuestra isla, nuestro dominio, nuestro hogar.

abril 21, 2008

Lepra de película

Para Raúl
Sus locuras de niño travieso y desparpajado no tenían fin, y en muchas ocasiones vecinos, familiares y hasta totales desconocidos pensaron llamar alguna patrulla para darle un escarmiento que le durara al menos hasta el fin de semana siguiente.
No era extraño verlo organizar al montón de escuincles de la zona para atravesar en fila india y a gatas las calles de la colonia. Mientras conductores molestos hacían sonar sus bocinas y les gritaban toda clase de linduras, él y sus diez o 15 amigos simulaban ser una jauría de gatos sordos y en ocasiones hasta cojos.
Comenzaba él a gatas en una esquina, lentamente, mientras veía acercarse los coches que eran obligados a frenar mientras los chicos, uno a uno y con toda calma, gateaban hacia la otra acera.
Tal vez hubiera algún conductor que se riera cuando veía a esa pandilla en sus andanzas, pero la sonrisa se congelaba cuando veían llegar al primero a la esquina y regresar por el mismo camino cuando el último de la banda apenas comenzaba el recorrido.
En más de unaocasión, los desesperados automovilistas les echaban el vehículo encima pero ellos, como buenos gatos que simulaban ser, no hacían caso más que de su propia voluntad.
El dueño del cine de la colonia también les tenía fobia, sobre todo desde que un día los atrapó en una de sus tantas travesuras. Nuestro chico, como líder inquieto en busca de experiencias y diversión, se organizó con sus seguidores, compraron carne molida y se metieron al cine, a las butacas más cercanas al cuarto de proyección.
Cuando la película estaba en su clímax, un fuerte estornudo sacudió al auditorio, que se extrañó al oír una joven voz exclamar "¡ay,esta lepra que no me deja en paz!" La mayoría siguió viendo el filme, mientras se escuchaban más estornudos, pero en un sector de la sala la gente comenzó a agitarse y un grito femenino cimbró a la gente.
Las entrañas de alguien quedaron derramadas en el suelo y la gente comenzó a exigir que se encendieran las luces. Mientras el encargado de la sala averiguaba lo que ocurría, los afectados comenzaron a asegurar que algo maloliente les caía cada vez que el supuesto griposo estornudaba.
Los chiquillos reían y pretendieron salir corriendo, pero los encargados de la seguridad fueron más rápidos para detenerlos y averiguar qué causaba tal conmoción. Se prendieron las luces y la verdad brotó junto a la luz.
Los encargados hallaron pedazos de carne molida lanzada desde atrás por los causantes de ese caos quienes, con el paquete del alimento abierto y medio usado, no podían parar de reír .
Mientras, sus víctimas describían el asco provocado por las municiones aguadas, rojas y malolientes lanzadas contra ellas.
Una vez más, los padres fueron obligados a dar la cara por la caterva de malhechores en potencia. Y para variar, el nombre más repetido era el de Raúl, quien con sonrisa franca y desparpajo absoluto admitía todo sin chistar, con la mente más en la próxima aventura que en el temporal castigo que se le venía.

abril 19, 2008

Confusiones de microbús

- Mira esa güerita, seguro que no es mexicana –señaló disimuladamente un chico recién salido de la adolescencia a su compañero de asiento.
- Claro que no es mexicana, nada más mírala. Además, ninguna mujer como ella se atrevería a recorrer la ciudad en un microbús a las 12 de la noche. Seguro que ni sabe a lo que se expone –respondió su amigo mientras no dejaba de ver a aquella chica.
- Sí, segurito que ni hablar español sabe. Así no se enterará si le digo que está rechula, la condenada.
- ¡Ajá!, ¿y qué le dirías? Seguro que no te atreves a decirle nada –le respondió su amigo.


Ambos hablaban descaradamente, sabedores que ella no entendía absolutamente nada de su diálogo. Los dos lanzaban miraditas de vez en cuando, para disimular un poco, pero sus voces jamás bajaron a cuchicheo como se suele hacer.

- ¡Claro que le hablaría! Y en su idioma. Le diría “seño, ai lov llu –respondió pronto el interfecto provocando las carcajadas de su amigo.
- ¡No te atreves! ¿Y qué tal si ella es franchute o de esas del norte de Euruapan? –respondió pronto el otro, entre risas.
- Ella no es de esas, mírala. Aquellas son güerotas y grandotas y está es bastante flaca y chaparrita. No, ha de ser de los “yunaites”. Mírala, si tiene los ojos claros y está más blanca que mi papá cuando le dije que iba a dejar la escuela.

La plática siguió igual largo rato hasta que ella cerró el libro y pidió al chofer que parara en la esquina. Bajó presta y en cuanto vio arrancar el microbús, se echó a reír. Llegó a su casa llorando de risa, dispuesta a contar que habían vuelto a confundirla con gringa.

abril 18, 2008

Guarradas

Ella creía haber oído los más dulces piropos y las guarradas más grandes a su paso por las calles de México. Alguna vez que se reunieron las amigas, comentaban lo más bonito y lo más odioso que les habían gritado.
La recurrente “mamacita” era catalogada como de las palabras más vulgares y molestas, pero finalmente inofensiva. Alguna contaba que un día, subiendo las escaleras para entrar a una estación del Metro, un chico que descendía se le puso enfrente, impidiéndole el paso, y casi le grito “nunca había visto una mujer más hermosa en el mundo”.
Aquella odiaba a su hermana cuando relataba que un día, mientras caminaba por la Zona Rosa, un gringo negro, gordo, inmenso, le gritó en inglés que quería llevarla a la cama en ese momento.
Desde luego ella se puso roja, pero a la que enseguida quiso asesinar fue a su hermana, que al oír semejante comentario se paralizó, miró al extranjero y soltó la risa. Mientras una se moría de vergüenza e intentaba salir corriendo, la otra daba tales carcajadas que le impedían dar un paso.
Ella tuvo que llevarse casi a rastras a su hermana, mientras la otra sólo exclamaba: “Caray, a mí nunca me han propuesto eso”.
El colmo fue cuando otra de las jóvenes llegó furiosa a su casa y comentó que un taxista le había gritado “Sabrosura, quién fuera aguacate para embarrarse en tus tortitas”, a lo que otra chica respondió con un suspiro, mientras susurraba “Como a ti no te han gritado ¡inteensaaaaa!

El remate, sin embargo, lo dio una chica que con toda franqueza reveló: “Cuando me siento deprimida, el mejor remedio que he encontrado para ver la vida de otro color es caminar frente a una construcción. No saben cuánto me levantan los chiflidos y las guarradas de los albañiles. Nada como un recordatorio de que soy mujer para sentirme guapa, sexy y arrebatadora”.

abril 17, 2008

Arranque de furia

Para Lulú

Ella conducía su automóvil por el Periférico mientras pensaba en todos los problemas que tenía que enfrentar y a los que no hallaba solución. Eso le molestaba.
De repente, otro coche le se metió forzadamente en su carril, obligándole a frenar para no chocar. Ella maldijo en voz baja y siguió su camino, pero aquel conductor parecía empeñarse en avanzar a fuerza de “cerrones” y bocinazos.
Ella no estaba para aguantar las necedades de nadie. Después de sufrir otra embestida, la chica dejó escuchar la bocina y emitió un amplió repertorio de ofensas en el más bajo y socorrido de los vocabularios.
La andanada de adjetivos descalificativos provocó la molestia del imprudente conductor, que respondió con un lenguaje similar mientras volvía a acercar peligrosamente su carro al de la joven. Eso la enfureció y la hizo reaccionar.
Se le adelantó, se metió a la fuerza frente al carro de aquel abusivo y frenó en seco. Bajó de su auto, cerró la puerta con fuerza y caminó hacia él.
El joven se sorprendió de la actitud de aquella chica de cabello muy corto y fuego en la mirada. Pero más se sobresaltó cuando, en un arranque de furia, la joven estrelló su puño en la ventana delantera del carro de su contrincante, haciéndolo astillas.
El osado conductor perdió toda su valentía mientras ella le exigía a gritos que dejara de comportarse como animal, que dejara de abusar de las mujeres y que tuviera más cuidado porque era capaz de sacar una pistola.
Ella regresó a su auto y lo condujo hasta su casa, donde bajó toda temblorosa y soltó el llanto cuando vio a su novio que la esperaba. La furia cedió a la razón.