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enero 31, 2011

Crónica sobre Iván

A simple vista mi familia podría verse como cualquier otra: papá, mamá, hermanos... muchos hermanos. Pero si se fijan verán que no es común, pues además de nosotros nueve, cuatro cuñados, siete sobrinos, un fantasma, dos angelitos, un gato, dos perros, dos o tres eternos visitantes, algunos vecinos y los consabidos novios y amigos, tenemos a Iván.

¿Y quién es Iván?... Pues no sé, no lo conozco y nadie que yo sepa sabe quién es. No sabemos su edad, tamaño, complexión, color, ni su dirección. Sólo sabemos que se llama Iván... Iván Pedrero.

Llegó a casa a través del teléfono y aquí se ha quedado a comer y a vivir desde hace 15 años.

Todo comenzó con una simple llamada telefónica: "Bueno, ¿está Iván?" Y no, claro que no estaba... pero desde ese momento se quedó y se convirtió en alguien más de la casa.

Las primeras veces que llamaban preguntando por él contestamos con tranquilidad y educación. Pero después de tres meses de telefonemas diarios, todos realizados durante la hora de la comida, acabamos fastidiados y enojados.

-Bueno, ¿está Iván?
-¡No, aquí no es! ¡Dígale a Iván que si no quiere hablar con alguien que no dé éste teléfono!
Y colgábamos furiosos.

Pero como suele suceder en una familia grande (tal vez en las chicas también, pero eso no lo sé con precisión), nunca falta algún ingenioso o algún comediante.

Por eso a los ocho o diez meses de aquella primera llamada, cada vez que alguien preguntaba por él, nosotros respondíamos con frases como: "no está, se fue a jugar tenis con Stefan o con John (Edberg y McEnroe)" -en aquellos tiempos de Lendl, claro- o "No, pero díganle que tenemos varios recados para él, que se comunique con nosotros, al fin que ya sabe nuestro número telefónico", o solicitábamos "Aquí no vive pero cuando lo veas dile que venga por su recibo telefónico".

Cada año que pasa, con cada telefonema que llega Iván consolida su presencia en esta familia. Pero no crean, aunque nunca lo hallamos visto o escuchado su voz, crremos tener una idea muy precisa de cómo es.

Sabemos que es joven por las miles de llamadas de muchachos (hombres y mujeres) que lo buscan; creemos que debe ser muy guapo o al menos atractivo, porque la mayoría de las veces son chicas las que le llaman.

También suponemos que es de clase acomodada, por los recados que dejan sus amigos: "Dígale que lo espero en el club", "llamaba para ver si va con nosotros a la disco fulanita", o simplemente "quería saber si ya regresó de Miami"".

Por lo demás, no sabemos más.

Pero a pesar de que en los últimos 15 años siempre ha estado con nosotros a la hora de la comida, y ocasionalmente también por las tardes, la identidad de Iván Pedrero siempre será un misterio.

Siempre... a menos que un día a la mitad de un bocado, el teléfono suene y en lugar del ya tan conocido "Bueno, ¿está Iván?" oigamos la voz de un hombre joven diciendo:

- ¿Bueno?, ¡hola, habla Iván Pedrero!

febrero 03, 2010

Abusos en barandilla

En casa siempre hay sitios favoritos o temibles o tan usados que pareciera que es
normal que estén ahí y que se quedarán por siempre.
Eso sucedía con ese pobre pasamanos de madera, que era usado para todo menos para
recargarse al subir o bajar las escaleras, a excepción del padre de familia, pero que
al apoyarse tanto en él parecía que se vendría abajo con todo y su abusivo usuario.
Los jóvenes integrantes de la familia nunca apoyaron la mano en él, sino sus muy
usadas pompas. Con mucho equilibrio se sentaban sobre la madera y se dejaban resbalar
hasta el descanso de la escalera, al que llegaban de un brinco. Acto seguido bajaban
dos o tres escalones más y repetían la hazaña con la siguiente baranda.
Cuando parecía que ese día el equilibrio no estaba de su parte, optaban por cruzar una
pierna hacia el abismo y cabalgar el pasamanos escaleras abajo, pues era más sencillo,
rápido y divertido bajar por ahí que tener que descender a pie los 14 escalones.
En una tarde lluviosa y aburrida, una chica alocada halló un columpio hecho cuando
cursaba el tercer año de jardín de niños, con la reverenciada y amada miss Vicky. Era
una simple tabla con un agujero en medio por el que pasaba una cuerda con un nudo.
¿Para qué complicarse más en su elaboración, si los niños juegan hasta con el pasto
cortado?
Aquella escuincla ideó columpiarse en su nunca usado columpio y ¿qué mejor lugar
dentro de la casa que atarlo al famoso pasamanos? Lo amarró desde la pata de arriba y
lo dejó caer sobre los últimos escalones de la escalera de piedra, en el piso de abajo.
Y a mecerse he dicho. Se empujaba de los escalones y cuidaba de siempre quedar frente
a ellos para no estampar su figura en la piedra, pero nunca pensó que con tanto
empujón se aflojaría la cuerda.
En una de esas balanceadas aquella chica quedó sentada en un escalón. Lo malo no fue
el sentón sino que por el golpe contra la piedra aquel recién estrenado columpio se
rompió; habría qué buscar otra diversión.
No hay mejor momento para dejar salir la alegría cuando los padres se van. Y hete aquí
que las cinco hermanas aprovecharon una ida al mercado de su madre para quitar sábanas
y cobijas a una de sus camas, sacar el colchón al pasillo, doblarlo por la mitad y
meter en aquel improvisado sándwich a la que gritó más fuerte.
Las dos mayores agarraron las esquinas del colchón que quedaban hacia abajo, mientras
el relleno humano se aseguraba de mantener las otras dos esquinas bien aseguradas para
que no se fuera a abrir ni a salir disparada.
Los escalones de piedra eran geniales para resbalar aquel emparedado humano, que era
jalado escaleras abajo por las dos niñas convertidas en perros de trineo y que no
paraban hasta dos pisos más abajo, mientras las otras chiquillas corrían detrás de
ellas y la barandilla se estremecía.
Así fue usado una y otra vez hasta que los canes que empujaban su colchón se cansaron
de correr... o tal vez hasta que oyeron la bocina del auto sonar, en una conocida
llamada de los padres para que ayudaran a meter las mercancías recién compradas.
Aunque la barandilla tuvo usos más comunes como tendedero, entrada al más allá (sobrenombre del cuarto de Cristina) y túnel del tiempo, lo cierto es que no siempre fue un buen aliado.
En ese lugar hubo los consabidos resbalones, gritos, peleas, aventones, provocaciones de “a ver quién salta más escalones”, tropezones e incluso la más traviesa perdió varios pedazos de dientes en diferentes porrazos.
Sin embargo el golpe mayor fue cuando aquella bebita con cuatro mechas por cabello se asomó por entre los agujeros y el peso de su cabecita fue atraído por la gravedad. Cayó de testa un piso y se estrelló contra el primer escalón, lo que le provocó una factura en el cráneo y el terror familiar.
Una vez pasado el susto, seis días de tormento para una tía que se ofreció a cargar a la pequeña sin parar para que no tuviera daños mayores y prohibiciones explícitas para que los niños no malusaran las escaleras, la calma y los abusos regresaron a la normalidad.

septiembre 12, 2009

Para jugar en la vida

Está sucio, medio deformado por años de cargar la cabeza de una niña dormida y de aguantar toda clase de vapuleos y maltratos-cariños, no tiene ojos y en algunos sitios se le ve las costuras abiertas y el relleno apenas saliendo.
Su original color azul desapareció hace muchos años y se convirtió en una mezcla de azul desteñido, tierra de muchos años y no sé cuántas manchas de lo que puedan imaginar que ni las esporádicas lavadas han logrado quitar. Creo que la mejor forma de describir ese color es: percudido, nada más.
Y aún así, pese a todo su desgaste, se mantiene firme y seguro en lo alto del librero, mirando pasar el tiempo y cómo su antigua dueña, acelerada, juguetona, tímida y activa crece y hace su propia familia.
Algunos compañeros están con él, en las alturas, viendo la vida pasar sin esperar cambios notorios. Al conejo Remi lo acompañan Ben, el oso inglés; Good, el oso gringo regalo de una amiga a la que sólo he visto una vez en la vida; un robot regalo de mi abuelito que dejó pronto de echar humo y caminar pero que es un tesoro que no quiero perder.
También viven allá arriba un changuito rosa que me dio en un cumpleaños mi primer ahijado... le bautizó como Diego, que era el recién nacido en turno, pero en verdad nunca supe cómo ponerle; el reno Blitzer que me regaló Montse en una Navidad y el que fuera el juguete más amado de Bor durante muchos años: su amado ratón, aunque luego fue destronado por su Garbage... ups, perdón, su Cabbage Patch.
Sin embargo creo que en ese sitio de honor también podrían estar una alcancía que me regalaron en Serfín hace mil años por ahorrar más que todas mis compañeras en el Paseo. Era un búho morado con birrete... me costó trabajo deshacerme de él, sobre todo porque estaba en muy buenas condiciones, pero era el momento de irse.
También colocaría ahí un tren que me dio mi abuelito, quien siempre supo entender que prefería una pelota a una muñeca y unos patines a un juego de té... ¡gracias!
Supongo que un día también llegará a ese lugar mi famoso Memo. Ya sé, ya sé que originalmente se llama Elmo, pero cuando apareció en casa los sobrinos lo bautizaron así, con el nombre de su abuelo paterno, don Memo. Así que mexicanizó su nombre y se convirtió en apoyo, compañero y refugio de los chiquillos. Sin embargo su valor no reside en ese hecho, sino en que fue el último muñeco que me regaló mi papá.
Al principio no creería que ese mono rojo de manos y patas largas y con nariz naranja podría hacer feliz a una joven de veintitantos (no digo la edad precisa porque no lo recuerdo, calculo que serían 28 o 30), y aunque sí me gustaba el muñeco fue el hecho de que me lo diera él en la mejor fecha del año lo que lo convirtió en el favorito.
También recuerdo otros muñecos que podrían acompañar a Remi, Ben y Memo, aunque sean ajenos: la citada Garbage, una negrita cucurumbé que pertenecía a Jo, el Micheloso de Cris y su familia de pericos y cotorros (Cracovio, Varsovio y Cayetano Zakopane), la sufrida muñeca de Mon (cuánto aguantó), las máscaras de luchadores de Pablo y la bicileta de Gualusilla.
Recuerdo también al oso de Alfonso, que muchísimos años fue intocable y le causó mil lágrimas su desaparición, así como el pitufo de Marita, el Toso de Pau, los carritos de Diego con su infaltable “Macuin” (en lo personal prefiero el auto de Batman que le dio su padrino), las bebés de Anita y muchos, muchos más.
Seguramente los dueñas pondrían a esos juguetes y otros más en el sitio de honor, pero para mí esos son los más representativos de mi infancia y la de mis familiares... ¿tú a quién pondrías?

julio 16, 2009

aprendizaje lingüístico a domicilio

En los últimos dos años y medio he debido aprender, muchas veces entre risas y otras en mera defensa propia, una gran cantidad de palabras que yo no sé si realmente existan, son invento familiar o simplemente surgen de la necesidad de decir algo sin que los demás se sientan agredidos, ofendidos o siquiera aludidos.
Ya antes había pensado hacer una lista con aquellos términos que mis padres decían frecuentemente y que muchos años después caímos en cuenta que los extraños al círculo familiar no comprendían.
No teníamos empacho en pedir en un restaurante "¿me da las simiricutanzas?" para acompañar al pozole, en lugar de tener que solicitar rábanos, cebolla, orégano, chile piquín y demás especies que suele usarse en dicho guisado... eran demasiadas palabras cuando una sola podía englobarlas.
También hacíamos burla cuando a las dos de la mañana el pater familia exigía su "piscolabis", que bien a bien no sabíamos si significaba "el bis" de la cena, un alimento entre comidas, un tentempie o simplemente el apodo dado a su gula.
Las "pichanchas", en cambio, eran todas esas cosillas que tenían alguna utilidad para la mecánica, la plomería, las reparaciones caseras, las herramientas de la bienamada "Rodolfina", los utensilios de jardinería y demás piezas para arreglar que seguramente tienen nombres particulares como llave, martillo, pinza, pala, rondana y empaque. Pero en este caso mi madre las sintetizaba en "pichanchas"... mejor si se trataba de piezas pequeñas.
Pero, como les decía, mi acervo lingüístico aumentó cuando conocía al ahora afamado "Yus", quien es capaz de mandar a todos a la "jojornia" sin el menor empacho; de extender la polisémica "pichancha" a la más genérica y ambiciosa "tarugada", y de expresar su desdén con la emblemática frase "no, pues miau".
El chico no se conforma con apodar a los objetos o seres con los que se topa en su camino; no, ha de dirigir sus misiles también contra sus nuevos familiares como "la Murci", "el Engendro", "el Gnomo", "la banda de los Pacos" y "la Número uno, uno, uno".
Eso además de agregar algún calificativo misterioso como "de po" para todo lo que considere una "po"-rquería. Si las cosas son peores dirá que está putrefacto.
Como me sabe alérgica a las vulgaridades y a las groserías no le ha quedado más remedio que sintetizar sus frustaciones con frases como "está de la efe" (aunque es más grave si está de la efe jojornia) o de plano hablar en inglés, que entiendo perfectamente pero prefiero reírme de cosas como “caca de toro” que enfadarme con otros términos.
Seguro hay muchísimas palabras más que el uso cotidiano las han hecho normales y comprensibles, pero describir cada momento en el que son utilizadas realmente sería desgastante. Así que por lo pronto lo dejaremos así. ¿Recuerdan alguna más?

marzo 18, 2009

Regalos de Navidad

Era su primera Navidad consciente y yo, como buena madrina de bautizo, esperaba que pidiera algo educativo, divertido y bonito pero al alcance de mi presupuesto. Jamás pensé que aquel chico serio y tranquilo me fuera a meter en tal lío.

- Paquito, ¿qué le pedirás al Niño Dios esta Navidad? –pregunté para sondearlo, con la idea de que pediría un carro, un muñeco, algo normal.
- Ya sé qué quiero, le pediré topes –respondió tan tranquilo.
- ¿Topes? ¿Cómo que topes?, ¿para qué los quieres? –respondí asombrada.
- Pues para mis carritos –contestó con cara de “¿para qué otra cosa son los topes?”

¡Santa Madre de Dios!
¿De dónde iba a sacar topes?, ¿de cuál querría?, ¿de esos largos con rayas, de los que parecen montañas, de los que parecen tortuguitas en fila?
Eran mil las preguntas que no sabía responder... y así comenzaron a pasar los días sin que la “achichincle del Niño Dios” (como explicaban los niños de mi hermana la existencia de Santa Claus, los renos, los duendes y compañía) supiera qué hacer.
Total, que tres días antes de la fecha fatal se me prendió el foco. Encontré una tabla de lo que un día parecía haber sido un tablero de ajedrez, compré plastilina epóxica (mejor conocida como Kola Loka), pegué unas líneas largas y con pinturas Vinci las adorné de distintos colores.
La mañana del 25 de diciembre fue inolvidable por dos razones: primero por la felicidad de ver al chiquillo de dos años inmensamente feliz con sus topes para carritos y la segunda por una tremenda regañada de mi papá, pues resultó que ese tablero había sido de mi bisabuelo José María Pino Suárez y era lo único que tenía de él.
¿Ya qué iba a hacer? Ni modo que le quitara el tablero al niño, así que sin otra opción se le quedó y lo usó tanto para sus cochecitos como para él y su hermano cuando aprendieron a andar en bicicleta. Adiós tablero de ajedrez.

El año siguiente, con un Paquito más vivaracho y con cada vez más muestras de su inteligencia, nuevamente me acerqué a sondearlo con la ilusa idea de que ahora sí pediría algo más normal, como un cohete espacial o una visita a la aldea de Santa, ¡qué sé yo! Lo dicho, era una ilusa idea.

- ¿Qué onda, Paco, ya sabes qué pedirás al Niño Dios? –interrogué pensando que ya no pediría topes, ni semáforos, ni nada que se le pareciera.
- Mmmm, pues sí. Quiero un traje de nutria –contestó tan campante.
- ¡Quééééé! ¿A poco sabes qué es una nutria? ¿Y para qué lo quieres?–le interrogué con la perspectiva de un interminable ir y venir por tiendas o, de plano, una nada grata idea de comprar peluche y coser toda una semana.
- Pues para disfrazarme de nutria –respondió con esa simpleza infantil que a los adultos nos deja sin palabras.

Si la prueba de los topes había sido grande, imaginen lo que en ese momento sentí. ¿De dónde iba a sacar un traje de nutria que no fuera a parecer castor, marta o cualquier otra sabandija de ese estilo?
Afortunadamente sus padres lo escucharon y he de agradecerles para toda la eternidad que durante varios días literalmente le “lavaran el cerebro” con otras ofertas tentadoras que al final se impusieron. Paco abandonó la idea de tener un disfraz de nutria y yo le regalé algún juguete didáctico de esos que le fascinaban a su insaciable sed de conocimiento.
Meses después le pregunté qué había pasado con el disfraz de nutria, a lo cual el pequeño respondió que no lo quería porque se dio cuenta que no iba a poder utilizarlo.
- ¿Para qué lo querías? –lo interrogué aliviada y curiosa.
- Es que en televisión vi un programa en el que un bebé nutria jugaba con su mamá en el agua, y yo quería disfrazarme también para jugar con ellos y que la mamá nutria me acariciara como a su bebé.


Bendita infancia que todo lo ve tan simple como disfrazarse para jugar con otros.

febrero 03, 2009

Adjetivos descalificativos

¿Se han dado cuenta que la creatividad popular para poner apodos alcanza grados superlativos cuando la víctima es un familiar?
El origen de la burla puede ser una palabra mal dicha, una característica corporal, una adaptación del nombre de pila desvirtuado, una semejanza a otro ser vivo o inanimado o simplemente ganas de fastidiar.
Aunque se podría pensar que la cifra de motes es directamente proporcional al número de integrantes de la familia, lo cierto es que la cantidad de apelativos se diversifica sin seguir una lógica matemática.
He aquí una recopilación de los más usados, a ver si logran identificar el quién es quién, sólo daré algunas pistas: Cristina es la que más sobrenombres da, pero su forma de ser también la hacen blanco de los más chistosos adjetivos descalificativos; Gualus es la feliz poseedora del mayor conjunto de alias; en algunos casos se incluyen apelativos extramuros (esto es, importados de otras fuentes ajenas al núcleo familiar).
Para ocultar (al menos lo más que se pueda) la identidad de los afectados, se aclara que están totalmente revueltos, además de que están escritos como se dicen.
Así Aputzi o Papirringo y Mutita, Muti o Blanca Nieves dieron origen a los güeritos o las Josecitas (antes de Pablo), de quienes surgieron varios grupos delincuenciales… perdón, grupos familiares: los Anubis, los Avisporritos y el clan Pegoste, así como otras dos ramas a las que no se ha definido aún qué marca registrada usarán.
Como miembros de esos selectos grupos están Mojojojo, Bicho, Canina, Mi-jamón, Bor, Chenchis Kan, Sopita o Sopa Rancia, Miss Privada, Everredy, Quinina, ***quiqui Tairon Pagüer, Mortiana, Pavito Coché, Berta, Mijo, Cástor (en desuso), el tractor, la Sargento patotas, ***ky Brewster, Manana bebé y Palo.
También pueden ser evocados Dino, María Hussein, Yo, ***sulfurita, la Gobernadora, Avisporra, Panza de hule, la Señorita Cara de Pizza, Milú, Mojo, ***bush, Chilly, Kish, ***kiki, Balú, Bond, la Imaginación, Tristona, ***chimilco, Flais, Pólux, Godzuki, **oncia, Cretina, Toqui, tía Pelucas, Bones y Gazú,
Otros titulos nobiliarios concedidos por habilidades y peculiaridades son la Besucona, la encuentrayuno, la Casco Azul, Cabecita Olmeca, Miss Premio Nobel, Koblenz,
Entre las últimas adquisiciones están Pacotorro, Chemiramis, Pildorita, el Engendro, Gusifer, El Tesorito, Mokish, Sonrics, la Primpesa, el Pegoste y la Gnomo.

¿Quién da más?
(***: se omite el nombre para evitar su identificación jajaja)

noviembre 01, 2008

Calaveritas familiares


Gualusilla se reía
al ver a todos correr
para intentar evadir
su partida al inframundo.
“¿De qué te ríes, chiquilla?
-preguntaba la Dientona-
¿no ves que también te
toca, aunque no quieras salir?”
Jaja, respondía Gualusilla,
sin poderse controlar,
“no me río de mi destino,
sino de tu facha fatal,
¿no ves lo ridícula que andas
con sombrero y sin pañal?”

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La Huesuda tuvo a bien
dejar a Pablo al final
al fin lata no iba dar
cuando viniera por él.
Pero eso creyó la Flaca,
quien no hizo su cálculo bien
y cuando por el chico vino
a sus ciberfans debió enfrentar.
“No te lo lleves, Catrina,
déjalo un rato más,
¿no ves que si te lo llevas
no habrá con quién jugar más?”

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Otro difícil de atrapar
sin duda Luis Manuel será,
pues lo mismo podría estar
en el Centro, en Ecatepec o en Hawaii.
La Muerte enfadada está,
ya no quiere a otro perseguir
mejor lo aguardará
en la cocina de su hogar.
El peligro, sin embargo,
es que Luis se ponga a cocinar,
pues con lo rico que prepara todo
la Dientona todo tragará
y ya no podrá su labor continuar.

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Un huracán a lo lejos
la humanidad vio llegar
temiendo que fuera la Muerte
todos a sus casas fueron a dar.
Pero esta vez no fue la Parca
la que causó el estropicio,
fue el loco de Chema
con su singular actuar.
¡Quién lo iba a imaginar,
que la Calaca escapara
de un chico tan singular
que ni a ella respetaba!

septiembre 10, 2008

Absurdos infantiles

- "Cuando yo sea grande quiero ser Narcisa": una niña de 4 años hablando sobre la empleada doméstica.

- "Mamá, ¿verdad que don Pablo es mi abuelito": otra niña de 6 años que así manifestaba su amor por el jardinero.

- "Ya sé lo que seré de grande. Primero voy a ser sacerdote, luego obispo, luego cardenal y finalmente llegaré a Papa": algún chico amante de Dios pero del todo alejado de la teología.

Ahora unas traducciones al lenguaje de los peques:
1.- patrullar: atropellar
2.- coboloto: columpio
3.- ¡ságolo!: déjalo (un hermano defendiendo al otro de sus amieladas tías)
4.- tonterería: tintorería
5.- lete: leche
6.- primpesas: princesas
7.- cocótero: helicóptero
8.- pata de conejo: rábano (aún no comprendo porqué)

Algún día intentaré escribir una historia con esto, pero hoy no tengo idea qué hacer con esta cultura infantil.

Saludos

agosto 26, 2008

La suma de las Bellas Artes

En el ser y en el hacer de mi madre siempre han estado presentes cine, música, danza, literatura, arquitectura y, por encima de todas y la que forma parte de su esencia por vocación, la pintura.
No recuerdo momento alguno en el que ella no tratara de hacernos sentir la vida a través de la mirada de alguno de esos grandes hombres cuyos nombres perduran por su creatividad y su virtuosismo, o de aquellos desconocidos que tuvieron la sensibilidad de dejar al hombre su visión.
Cada uno de ellos ha impreso su sello en ella, la ha envuelto y la ha convertido en una inspiradora musa.
Por eso considero que ella es la dulzura de Debussy en el Rincón de los niños, la grandiosidad de Tchaikovsky en su Overtura 1812, la claridad de Fedro Grofé en la Suite del Gran Cañón, el paso marcial de Respighi en Los pinos de Roma y la fuerza de Wagner con El anillo de los nibelungos y su favorita, Tristán e Isolda.
Sin embargo también puede ser la divertida locura del Bule Bule, la navidad veraniega de Mame, la evocadora maternidad de Summertime y el terror de Mussorgsky en Una noche en la árida montaña.
Ahí es donde se funde con el cine y la danza para acabar por convertirse en protagonista de Amor sin barreras, South Pacific, Lo que el viento se llevó, Mame, Erase una vez en Hollywood y todas aquellas en las que participaron Gene Kelly, Fred Astaire, Ziegfield…
También se las ingeniaba para enseñarnos que un detalle puede convertir una simple casa en un templo para admirar. Sus excursiones favorita eran visitar museos, recorrer el Centro Histórico para mostrarnos cómo una piedra, un candil, un mural pueden hablar de historia, de imaginación y de belleza.
Cuando el dinero escaseaba, se conformaba con recorrer las calles y desde la ventana del coche señalar capiteles, cúpulas, arcos y hasta lo que podría considerarse como “la simple herrería”.
Pero no se limitaba a mostrarnos una faceta del arte, pues de un hombre como Miguel Ángel Buonarroti primero nos atraía con relatos sobre su vida, luego alentaba a conocer sus obras a través de libros que convirtió en tesoros, nos fomentó a leer La agonía y el éxtasis (de Irving Stone) y hasta a ver la película con Charlton Heston y Rex Harrison.
Además jamás ha faltado un libro en su buró, pues aunque ahora asegure que ya casi no ve, que se le olvida lo leído la noche anterior y que cada día tarda más en terminar un libro, ella sigue aferrada a las historias atrapadas en palabras.
Su afición por la lectura se mezcló con su habilidad para despertar la imaginación de su prole, por lo cual la otrora amplia biblioteca familiar se ha visto reducida con el tiempo tras lograr que casi todos sus hijos quedaran atrapados en las letras y dividieran la colección que durante años logró hacer.
Por culpa de mamá, la tropa se ha convertido en pirata de Mompracem; ha explorado algunas cuevas siguiendo a Arne Saknussem; ha peleado a lado de Incubu, Macumazahn y Bougwan; dado la vuelta al mundo; se ha calzado los zapatos rojos de Dorothy, llorado con las Cartas de Nicodemo, sufrido con las Noticias de un Secuestro, acompañado a Gulliver y a Marco Polo.
No es de extrañar que los gatos de su familia fueran identificados como Morgan, D´artagnan, Sambigliong…
Sin embargo, por sobre todas las cosas, mi madre es la pintura. La vive, la padece, la transpira. Dejó a un lado las pocas horas de su sueño para sumergirse en el mundo de los pinceles, las marialuisas, los trazos y el carbón.
En algún tiempo incluso convirtió lo que era su mayor placer, distracción y virtusismo en el sostén del hogar. Rápidamente los muros de su casa se convirtieron en sala de exposición y terminó por adornar las casas de hermanos, hijos, amigos, vecinos y hasta desconocidos.
Su gusto por la belleza y su sensibilidad se convirtió en una escuela y por eso considero a mi madre como la suma de las Bellas Artes. Tal vez exagero, pero así la veo.